
Luego de la derrota de la Francia revolucionaria, las otras potencias mayores trataron de restaurar la situación que existía antes de
1789. De cualquier forma, sus esfuerzos no fueron suficientes como para detener la proliferación de los movimientos revolucionarios: las clases medias estaban fuertemente influidas por los ideales de democracia emanados de la Revolución Francesa, la
Revolución Industrial trajo otros cambios sociales y económicos, las clases bajas empezaron a ser influenciadas por ideas
socialistas,
comunistas y
anarquistas (especialmente las resumidas por
Karl Marx en el
Manifiesto del Partido Comunista, y la preferencia de los nuevos capitalistas por el
Liberalismo (término el cual significaba entonces algo diferente a lo que significa ahora).
Mayor inestabilidad vino de la formación de varios movimientos
nacionalistas (en Alemania, Italia, Polonia, etc), que buscaban la unificación nacional o su liberación del gobierno extranjero. Como resultado, el periodo entre
1815 y
1871 vio un gran número de intentos revolucionarios y guerras de independencia. Aunque los revolucionarios eran comúnmente derrotados, la mayoría de los estados europeos se habían convertido en
monarquías constitucionales (dejando de ser absolutistas). Hacia el año
1871, Alemania (victoriosa en la
Guerra Franco-prusiana) se había desarrollado como un estado nacional unificado, llevándose a cabo la unidad alemana, bajo la figura del
Imperio alemán, cuyo arquitecto fue Otto von Bismarck. Italia, cuyos estados también habían estado divididos, logró la unificación bajo el liderazgo de
Camillo di Cavour y
Giuseppe Garibaldi.
La dinámica política de Europa cambió en dos ocasiones durante el siglo XIX. La primera, tras el
Congreso de Viena, y la segunda, después de la
Guerra de Crimea. En 1815, durante el Congreso de Viena, las principales potencias de Europa se las arreglaron para producir un balance pacífico del poder entre los imperios después de las guerras Napoleónicas (a pesar de que ocurrieran movimientos revolucionarios internos). Pero la paz sólo duraría hasta que el
Imperio Otomano hubiera declinado lo suficiente como para convertirse en blanco de los demás. Esto provocó la Guerra de Crimea en
1854 y se inició así un tenso periodo de choques menores dentro de los imperios de Europa que prepararon el estallido de la Primera Guerra Mundial.
Desde 1870, la hegemonía que
Bismarck ejerció a lo largo de Europa puso a
Francia en una situación crítica, obligando al país galo a reconstruir sus relaciones internacionales, buscando alianzas con
Rusia e
Inglaterra para controlar el creciente poderío de
Alemania. De esta manera, Europa se dividió en dos, mejorando cada lado sus fuerzas militares y sus alianzas.
Véase también:
Unificación de Alemania,
Unificación de Italia, y
Época Victoriana